
Venía caminando esquivando las hojas que caían de los árboles de ese mayo gris del 2001.
Los interrogantes y las dudas sobre lo que significaba la muerte abundaban en mi cabeza constantemente, con más dudas que certezas. Quizás porque nunca había quedado conforme con las ideas que escuchaba sobre ella, pero esa tarde algo iba a suceder.
Decidí sentarme y observar lo que nos rodea permanentemente, encendí un cigarrillo que me quedaba en la etiqueta y respiré.
El reloj de la plaza marcaba las 17 horas, cuando de repente se acerco ella y lo primero que me dijo fue: “débil mortal que no te asuste ni mi oscuridad ni mi nombre”, me besó y se sentó en el mismo banco. Yo nervioso comencé a dialogar, le pregunté como se definiría, a lo que me respondió después de pensar un rato y mirándome fijo a los ojos: “soy la virgen misteriosa de los últimos amores, te doy un lecho de flores, sin espinas ni dolor. Yo, compasiva, te ofrezco lejos del mundo, un asilo”, y sonrió. La verdad que no me convenció pero seguí atentamente escuchando todo lo que me decía.
Pasaron algunos minutos y se despidió, quise detenerla pero ella ya había afinado su aguda vista sobre otro mortal. Me volvió a besar y desapareció lentamente de mi vista.
Mientras esto ocurría me preguntaba si otra vez la vería, me había quedado con ganas de preguntarle muchas cosas.
Me levanté y se me acercó un viejo, que me había estado observando todo el tiempo, y palmándome la espalda dejó soltar estas sabias palabras:”Quizás sea cierto lo que ya decía Montaigne de qué filosofar es aprender a morir”.
Manula
Los interrogantes y las dudas sobre lo que significaba la muerte abundaban en mi cabeza constantemente, con más dudas que certezas. Quizás porque nunca había quedado conforme con las ideas que escuchaba sobre ella, pero esa tarde algo iba a suceder.
Decidí sentarme y observar lo que nos rodea permanentemente, encendí un cigarrillo que me quedaba en la etiqueta y respiré.
El reloj de la plaza marcaba las 17 horas, cuando de repente se acerco ella y lo primero que me dijo fue: “débil mortal que no te asuste ni mi oscuridad ni mi nombre”, me besó y se sentó en el mismo banco. Yo nervioso comencé a dialogar, le pregunté como se definiría, a lo que me respondió después de pensar un rato y mirándome fijo a los ojos: “soy la virgen misteriosa de los últimos amores, te doy un lecho de flores, sin espinas ni dolor. Yo, compasiva, te ofrezco lejos del mundo, un asilo”, y sonrió. La verdad que no me convenció pero seguí atentamente escuchando todo lo que me decía.
Pasaron algunos minutos y se despidió, quise detenerla pero ella ya había afinado su aguda vista sobre otro mortal. Me volvió a besar y desapareció lentamente de mi vista.
Mientras esto ocurría me preguntaba si otra vez la vería, me había quedado con ganas de preguntarle muchas cosas.
Me levanté y se me acercó un viejo, que me había estado observando todo el tiempo, y palmándome la espalda dejó soltar estas sabias palabras:”Quizás sea cierto lo que ya decía Montaigne de qué filosofar es aprender a morir”.
Manula


No hay comentarios:
Publicar un comentario