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lunes, 19 de marzo de 2012

MALVINAS, UNA CAUSA PENDIENTE




El año que recién comienza, volvió a poner en discusión el tema, a veces olvidado, de Malvinas.
Hay voces que dicen que la recuperación integral o parcial de derechos sobre las islas, o sobre la participación en la renta de alguno de los recursos naturales (petróleo, gas, pesca) no tiene mucho sentido porque la política que sobre ellos se mantiene desde 1991 es resultado de la extranjerización de su mar y subsuelo; y como dice un Presidente de América del Sur, antes de nacionalizar los hidrocarburos debemos nacionalizar el Estado.
Creo fervientemente que la recuperación de las Malvinas debe ser una causa latinoamericana. Entiendo que una política coherente de Argentina respecto de Malvinas debe tener en cuenta: 1) La denuncia de los tratados de Madrid, por ir contra los intereses argentinos, que aún siguen en vigencia; 2) La aplicación de la ley 26659, propuesta del diputado nacional Fernando “pino” Solanas y aprobada por unanimidad en ambas cámaras, por la cuál nuestro país no debe permitir operar en suelo argentino a las firmas que directo e indirectamente activen el petroleo de las Malvinas; 3) Promover en los foros latinoamericanos el rechazo de barcos y aviones que con cualquier bandera real o encubierta, presten servicios a los intereses petroleros de los grupos extra latinoamericanos.
La utilización retórica de Malvinas por parte del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, no logra ocultar las graves deficiencias y contradicciones de la política respecto del Atlántico Sur.Debajo del repiqueteo verbal oficialista hay una “antipolítica”. El gobierno comete serios errores: fomenta la relación con capitales que financian la actividad exploración – explotación ilegal de hidrocarburos en Malvinas, y que a su vez intervienen en la explotación mega minera, contaminante y depredadora. Desprotege el mar argentino, reduciendo drásticamente su patrullaje, según lo estipulado para el presupuesto 2012; y autoriza el ingreso de los buques registrados en la RU (Reino Unido) para operar con tratados por empresas radicadas en el país (Repsol YPF, Pan American Energy y Petrobras), y explotar en aguas nacionales.
Sin modificarse la matriz de los acuerdos de Madrid, cuyo origen obedeció al contexto del capitalismo globalizado en versión neoliberal a la que se adhirió el menemismo, no hay recuperación de esa causa pendiente que son las Islas Malvinas.Hoy el gobierno parece compartir el mismo norte: la preservación de los negocios por encima de la soberanía.
Estoy convencido que la cuestión Malvinas debe ser asumida como un verdadero conflicto integrado por aspectos políticos, diplomáticos, económicos, defensivos y ambientales que precisa una estrategia múltiple, innovadora e inteligente. Sólo con la firmeza de una política emancipadora, y colocando el interés nacional por delante de los negociados, podremos ir allanando el díficil y accidentado camino para recuperar lo que por derecho e historia nos pertenece.
Hoy, más que nunca, gritamos fuerte a los cuatro vientos: ¡LAS MALVINAS SON ARGENTINAS!

jueves, 23 de febrero de 2012

RODOLFO ORTEGA PEÑA Vida y obra de un antiperonista que se volvió peronista y que fue asesinado por la Alianza Anticomunista Argentina.





Rodolfo David Ortega Peña nace el 12 de septiembre de 1935 en el seno de una familia acomodada y conservadora de la burguesía porteña. Su infancia en el barrio de Recoleta, la educación en la escuela “Argentina Modelo”, y los fines de semana entre el campo y el Hindú Club, arman la escenografía de un niño bien en la Buenos Aires de aquellos años.
La adolescencia también lo encuentra en los ámbitos de sociabilidad de la burguesía porteña. En el Argentino Tenis Club es donde pasa las tardes con otros jóvenes de su clase como Mariano Grondona o Alejandro Múgica, hermano de Carlos Múgica; el futuro sacerdote tercermundista. Con el fin de la adolescencia, aparece la pasión por la Filosofía que comparte con su amigo de la infancia y compañero de colegio Ernesto Laclau.
La necesidad de garantizar sus estudios que le faciliten una salida laboral, lo lleva a inscribirse en la carrera de Abogacía de la Universidad de Buenos Aires en 1953. Sus estudios transcurren en el marco de un clima fuertemente antiperonista que se vivía en la Universidad de los ’50. Ortega Peña pasa sus horas entre el “Petit Café” de Santa fe y Callao (era una confitería tradicional del Barrio Norte), los sacos ceñidos de tres botones, el Jazz y la serena tranquilidad que le da la pertinencia a una clase acomodada social y económicamente.
El derrotero ideológico de Ortega Peña y su llegada al peronismo desde la izquierda, describe un desplazamiento que es común en muchos intelectuales de su generación. Celebra el golpe de 1955 contra Perón, luego se vincula al Partido Comunista, al que abandona en 1960, y finalmente comienza el lento pero consistente movimiento de fascinación y acercamiento al fenómeno del Peronismo, que lo encuentra sobre el final de la década de los ’60 integrado políticamente a él.
En 1956 a los 20 años de edad, se recibe de Abogado. Sin embargo, con el correr de la segunda mitad de los ’50, la economía y fundamentalmente la política empezarán a ser los temas que más ocupan la cabeza de Ortega, al que todo el mundo comienza a llamar “el pelado”, debida a su prematura y ostensible calvicie. Para 1959 Ortega empieza a publicar artículos en diferentes revistas, en lo que aparecen los temas que van a ir marcando su interés por el resto de su vida: “La Cuestión Nacional”, “El Imperialismo”, “La relación entre izquierda y nacionalismo”, y “Las posibilidades de liberación del coloniaje”, como al “pelado” le gustaba decir.
Los años ’60 encuentran a Ortega Peña y a su inseparable compañero Eduardo Luis Duhalde en contacto con las recientemente creadas 62 organizaciones peronistas y con el líder de la UOM (Unión Obrera Metalúrgica) Augusto Timoteo Vandor. Ambos trabajan como abogados del Sindicato en cuestiones legales y laborales. En el contexto de normalización sindical que impulsa el gobierno de Arturo Ilia, los conflictos se irán agudizando hasta que, en 1964, los Sindicatos lanzan un plan de lucha que contempla acciones en todo el país. Ortega participa como abogado de la CGT en una experiencia que será capital para su formación y para el desarrollo de su acción política futura.
En ese clima de radicalización política de la época, Ortega Peña acentúa sus contactos con intelectuales y con políticos de la izquierda nacional y el peronismo, como Juan José Hernández Arregui o John William Cooke.
Cuando comienza la década del ’70 el perfil de Rodolfo Ortega Peña “el pelado”, es cada vez más reconocible para la militancia, fundamentalmente por su trabajo como defensor de presos políticos. Causas como el secuestro y posterior asesinato de Aramburu cometido por los Montoneros y el secuestro y muerte del empresario Oberdan Sallustro consumado por el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) lo tienen como defensor de las organizaciones revolucionarias. Estas causas judiciales en las que Ortega y Duhalde juntos juegan un papel central en el diseño de la estrategia de defensa; también le sirven para liberarse de ese estigma que les habían impuesto en los ’60 de ser “pichones” de Vandor, afirmación que en 1970 era casi un insulto para un militante revolucionario.
En 1971 “el pelado” participa de la formación de la “Asociación Gremial de Abogados”, un intento por construir una agrupación que rompiera con el Colegio de Abogados de la República Argentina, históricamente ligado a la iglesia, el ejército y los grandes estudios. La gremial surge por iniciativa de Ortega Peña, Mario Hernández y Roberto Sinigaglia que no casualmente serán más tarde asesinados. Con la llegada del peronista Héctor Cámpora al poder en 1973, uno de esos abogados, Esteban Righi, va a asumir como Ministro del Interior.
Desde 1973, “el pelado” es director de la revista: “Militancia Política para la Liberación”, a partir de entonces se integra plenamente a la actividad política, deja de defender presos políticos y toma distancia de las organizaciones armadas. En el nuevo contexto, Ortega Peña ocupa cargos en la Universidad de Buenos Aires, es interventor en el Instituto de Historia del Derecho y Director en el Instituto de Historia Argentina y Americana. Su actividad en estos cargos dura muy poco, lo mismo que dura la llamada “primavera camporista”, y en diciembre de 1973 sus contratos no son renovados
Su asunción como Diputado Nacional se da en el contexto de un fuerte enfrentamiento entre Perón y la Juventud Peronista que asume posiciones revolucionarias. Cuando los ocho diputados de la juventud renuncian a sus bancas tras el endurecimiento de la política oficial, pacta con las organizaciones armadas; y no asume como oficialista sino en un mono bloque al que denomina “De Base”, y en el que quedará por siempre el recuerdo de sus palabras en el juramento. Después de decir si juro, Ortega Peña expresó a viva voz: “la sangre derramada no será negociada”.
En marzo de 1974, cuando Ortega Peña asume como diputado las relaciones entre el gobierno y el peronismo revolucionario están al borde de la ruptura y una de las consecuencias de ese enfrentamiento es la clausura de la revista “Militancia”. Un mes más tarde sale a la calle “De Frente”, la revista que reemplaza a “Militancia” con dirección de Ortega y que en su nombre contiene un homenaje a la revista que John William Cooke había editado en 1954. Para ese entonces, los anuncios de posibles atentados contra Ortega Peña son cada vez más fuerte pero él se resiste a tomar cualquier medida de seguridad, diciendo que eso sería “aceptar la derrota”.
Es así, que el 31 de Julio de 1974 Rodolfo Ortega Peña, cae asesinado por la derechista Alianza Anticomunista Argentina (Triple A), organización criminal paramilitar cuyas siglas también significan y simbolizan las Tres Armas: Ejército, Aviación y Marina.
En su velorio, el ataúd estaba tapado por la bandera Argentina con un crespón negro; y en una pared con una tela blanca puede leerse la frase que por esos días lo había hecho célebre: “La sangre derramada no será negociada”.
Cerca de las 16 horas del viernes 2 de agosto en el cementerio de la Chacharita, su amigo Eduardo Duhalde lee un discurso de despedida: “Vivió y murió para que la clase obrera y el pueblo forjaran desde el poder una nueva sociedad con hombres nuevos, dónde desaparecieran definitivamente los explotadores y los explotados. Por eso, porque morir por el pueblo es vivir, en esta hora de apretar los puños y de tristezas, reafirmamos aquel juramento; la sangre derramada por Ortega no será negociada y decimos simplemente como a él le hubiera gustado; a muerto un revolucionario, viva la revolución”.